La violencia de género es difícil de identificar porque a menudo comienza de manera sutil y se va intensificando con el tiempo. Este artículo tiene como objetivo ayudarte a entender qué es, cómo se manifiesta y qué señales de alerta pueden indicar la presencia de violencia, ya sea en tu vida o en la de alguien cercano.
La violencia de género es una realidad que afecta a millones de mujeres en todo el mundo, y puede manifestarse de diversas formas, desde agresiones físicas hasta maltrato psicológico y emocional. Según se define en el artículo 1 de la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer de Naciones Unidas, la violencia de género sería:
“Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad.”
Esta definición abarca una amplia gama de comportamientos violentos que pueden darse tanto en la vida pública como en la privada.
Además, se ha de tener en cuenta que, el agresor puede utilizar a sus seres queridos como herramienta de control o manipulación para infligir mayor daño emocional. De esta manera, aunque la violencia se ejerce directamente sobre la mujer, sus efectos pueden extenderse a otras personas cercanas, como sus hijos e hijas, o incluso a sus mascotas.
¿Qué tipos de violencias hay?
La violencia de género puede manifestarse de diversas formas, algunas más visibles que otras. A continuación, se describen los principales tipos:
Física. Este tipo de violencia es el más fácil de identificar, ya que implica una agresión física directa.
Activa: golpear, abofetear, empujar o quemar, etc., entre otros actos que causan daño físico inmediato.
Pasiva: ocurre cuando el agresor niega a la mujer los cuidados básicos que necesita, especialmente en casos de edad avanzada, discapacidad o enfermedad. El maltratador puede privarla de atención médica, cuidados esenciales o medicamentos.
Psicológica. Este tipo de violencia puede pasar desapercibido tanto para la mujer como para las personas de su entorno. Incluye insultos, humillaciones, manipulación emocional, control y aislamiento. A menudo comienza de manera sutil, con críticas o descalificaciones que parecen inofensivas, pero que van escalando con el tiempo.
Sexual. Implica cualquier acto sexual forzado o no consentido. Esto puede incluir desde la coacción verbal para mantener relaciones sexuales hasta el uso de la fuerza física o sustancias que incapacitan a la mujer para conseguir el acto sexual sin su consentimiento.
Económica. Se da cuando el agresor controla los recursos financieros de la mujer, limitando su autonomía económica. Esto puede manifestarse al impedirle acceder a su propio dinero, tomar decisiones sobre sus gastos o incluso prohibirle trabajar.
Digital. Este tipo de violencia es un fenómeno emergente y cada vez más frecuente. Se manifiesta cuando el agresor utiliza herramientas tecnológicas para controlar, acosar o ejercer poder sobre su pareja. Algunos ejemplos incluyen:
Acosar o controlar a través del móvil.
Espiar las redes sociales o chats.
Censurar o criticar las fotos publicadas.
Exigir geolocalización constante o pruebas de dónde está.
Presionar para obtener imágenes íntimas.
Solicitar acceso a las claves personales.
Mostrar enfado por no recibir una respuesta inmediata online.
Es común que no se reconozca de inmediato que estás viviendo en una relación abusiva. A menudo, se tiende a justificar o minimizar el comportamiento de la pareja, creyendo que las agresiones son algo temporal o un problema que puede resolverse con más paciencia o muestras de afecto. Sin embargo, existen ciertos comportamientos que sirven como señales de alerta y que indican que podrías estar viviendo una situación de violencia de género:
Si tu pareja intenta alejarte de amigos, familiares o colegas, haciéndote sentir culpable por pasar tiempo con ellos o criticando tus relaciones.
Si constantemente has de "dar explicaciones" sobre dónde estás, con quién hablas o qué haces, y sientes que siempre estás bajo vigilancia.
Recibes comentarios despectivos sobre tu apariencia, tus habilidades o tu valor como persona, que te hacen sentir inferior o inútil.
Si tu pareja tiene actitudes de control disfrazadas de "preocupación" o "cuidado", que buscan limitar tus movimientos, relaciones o decisiones.
Si controla tu acceso al dinero, te impide trabajar o estudiar, o te exige rendir cuentas detalladas de tus gastos.
Cualquier tipo de amenaza, verbal o implícita, que te asusta o manipula, incluyendo amenazas de hacerte daño a ti, a tus hijos/as, familiares o mascotas.
Cualquier tipo de agresión física (golpes, empujones) o coacción sexual (forzar relaciones sin tu consentimiento o bajo presión).
Además de estas señales, existen otras actitudes que pueden aparecer al principio de la relación, como:
Ignorar o despreciar tus sentimientos de manera frecuente.
Ridiculizar o insultar a las mujeres en general.
Humillarte, gritarte o insultarte tanto en privado como en público.
Revisar tu teléfono móvil o redes sociales sin tu consentimiento.
Criticar tu forma de vestir o comportarte.
Mostrar celos injustificados de manera frecuente.
Si te identificas con alguna de estas señales, es importante que sepas que ninguna forma de violencia es justificable, y que mereces una relación basada en el respeto, la igualdad y el apoyo mutuo.
Entender el ciclo de la violencia es clave para comprender por qué en muchas ocasiones puede parecer muy difícil salir de este tipo de relaciones. Este ciclo, descrito por la psicóloga Lenore Walker (1979), consta de tres fases que se repiten constantemente, creando una espiral difícil de romper:
Acumulación de Tensión. Durante esta fase, se produce una escalada gradual de comportamientos agresivos, como insultos o actitudes hostiles. La mujer suele intentar calmar a su pareja, creyendo que puede prevenir un conflicto mayor. Sin embargo, esta fase solo acumula más tensión, que inevitablemente desembocará en una explosión.
Explosión. Esta es la fase en la que se produce la violencia física, psicológica o sexual de manera más explícita. La mujer puede sufrir graves agresiones, y es aquí donde el riesgo para su vida es más alto.
Arrepentimiento o "Luna de Miel". Después de la explosión, el agresor suele mostrarse arrepentido, promete cambiar y actúa de manera afectuosa para intentar "reparar" el daño. Durante esta fase, la mujer a menudo siente esperanza de que las cosas mejorarán, lo que la lleva a permanecer en la relación. Sin embargo, esta fase es temporal y, con el tiempo, el ciclo vuelve a comenzar.
Es crucial señalar que, con cada repetición del ciclo, la fase de luna de miel tiende a ser más breve o incluso desaparecer, mientras que las fases de acumulación de tensión y explosión se vuelven más intensas y frecuentes.
¿Cómo te puede afectar psicológicamente la violencia de género?
La violencia de género puede tener un impacto emocional, dejando secuelas psicológicas que pueden aparecer tanto a corto como a largo plazo. Entre las consecuencias más comunes se encuentran las siguientes:
Consecuencias a corto plazo
En las semanas inmediatas después de sufrir un episodio de violencia de género, es común experimentar un malestar emocional intenso que desborda tu capacidad de afrontamiento. Algunas de las reacciones más frecuentes incluyen embotamiento afectivo (una especie de "anestesia" emocional), aturdimiento, confusión y una sensación de extrañeza con respecto a la situación que has vivido. En muchas ocasiones se puede tener dificultades para recordar aspectos significativos del trauma vivido.
También es habitual revivir el suceso de forma involuntaria, a través de imágenes, pensamientos o sueños intrusivos. Estas experiencias generan una respuesta de ansiedad intensa, con síntomas como problemas de sueño, dificultades para concentrarse y una constante sensación de alerta. Este estado de hipervigilancia puede afectar la cotidianidad y generar un malestar clínico significativo.
Consecuencias a medio y largo plazo
Si el malestar emocional no se supera en el plazo de un mes, las consecuencias psicológicas pueden volverse crónicas. Una de las manifestaciones más graves es el trastorno de estrés postraumático (TEPT), que se caracteriza por tres núcleos principales de síntomas: reexperimentación del trauma, conductas de evitación y activación fisiológica excesiva.
La reexperimentación del suceso es intensa y recurrente, apareciendo en forma de pesadillas, recuerdos perturbadores o emociones intrusivas que se desencadenan con estímulos aparentemente inofensivos, como un sonido inesperado o una conversación casual. Se siente que las imágenes de lo ocurrido quedan grabadas en la mente de manera permanente, y que no puedes desprenderte de ellas.
Además, la evitación se convierte en una estrategia común. Se tiende a evitar lugares, situaciones o personas que te recuerden el suceso traumático, lo que puede limitar la vida social y personal. Esta evitación también afecta en las relaciones más cercanas, ya que muchas veces no se quiere hablar del trauma ni siquiera con amigos o familiares, alejándote por miedo a revivir el dolor.
El embotamiento afectivo, que ya puede aparecer a corto plazo, se agrava con el tiempo. Se pierde la capacidad de experimentar emociones con normalidad, dificultando la expresión de afecto o la intimidad en las relaciones. Este bloqueo emocional actúa como una barrera para protegerte de futuros daños, pero a la vez impide la recuperación emocional.
En paralelo, la activación fisiológica se mantiene elevada. Se permanece en un estado constante de alerta y sobresalto, lo que suele dificultar la concentración, dormir bien o relajarse. Este agotamiento emocional y físico puede hacerte sentir que tu vida ha quedado fuera de control, generando un agotamiento crónico que agrava tu malestar.
Otra consecuencia a largo plazo es la aparición de síntomas depresivos. En muchas ocasiones se siente una profunda tristeza, llanto frecuente, desgana para realizar actividades cotidianas y pérdida de apetito.
Si después de leer este artículo te sientes identificada con alguna de las situaciones descritas, es importante que sepas que no estás sola y que existen recursos para ayudarte a salir de esta situación. A continuación, te comparto algunas de las cosas que podrías considerar hacer:
Habla con alguien de confianza. Expresar lo que estás sintiendo puede aliviar la carga emocional y ayudarte a ver las cosas desde otra perspectiva. A veces compartir lo que estás viviendo con un amigo cercano o un familiar puede ser el primer paso para ver la situación desde otro lugar.
Busca ayuda profesional. Contactar con un profesional especializado en violencia de género puede brindarte el apoyo emocional y la orientación que necesitas.
Accede a servicios de emergencia. Si estás en una situación de peligro inminente, no dudes en llamar a un número de emergencia o buscar refugio en organizaciones especializadas en la atención a víctimas de violencia de género.
Teléfono de emergencias: 112
Teléfono de emergencia médica: 061
Teléfono de atención a todas las formas de violencia contra la mujer: 016 / Atención por WhatsApp: 600 000 016
Si eres menor de edad y crees que alguien de tu entorno está sufriendo violencia de género, puedes llamar a ANAR al número de teléfono 900 20 20 10.
Si tienes que abandonar el domicilio y tienes miedo de dejar a tu mascota con el agresor, puedes ponerte en contacto con VIOPET: 673 765 330.
Web de recursos de apoyo y prevención ante casos de violencia de género (WRAP). En este enlace del Ministerio de Igualdad se puede acceder a información sobre recursos de violencia contra las mujeres. Esta plataforma incluye mapas y descripciones de los servicios de apoyo y prevención disponibles, proporcionados por administraciones públicas y entidades sociales, junto con los datos de contacto de cada recurso.
Si te sientes identificada con alguna de las señales descritas en este artículo, no dudes en buscar ayuda. No estás sola, existen recursos para apoyarte. Si te resulta difícil identificar las señales o necesitas apoyo psicológico para afrontar la situación, no dudes en ponerte en contacto conmigo. Estoy aquí para acompañarte.
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